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Cuadernos de Campo
Ilustración de engranajes reconfigurándose alrededor de una figura central, representando un sistema que se adapta a la persona
Sistemas

Lo que el autismo me enseñó sobre diseñar sistemas.

Mariela Cañete Alavez · 24 de julio de 2026

Catorce años trabajando con personas con autismo me enseñaron que un buen sistema no exige que la persona se adapte a él. Es al revés.

Cuando empecé como terapeuta, la pregunta que me enseñaron a hacer era "¿cómo logramos que este niño se ajuste al salón de clases?". Con los años, la pregunta que aprendí a hacer — la correcta — es "¿cómo diseñamos un salón de clases que funcione para este niño?". Es un cambio de una sola palabra, pero cambia todo el diseño.

Esa lógica — diseñar el sistema alrededor de la persona, no al revés — es exactamente la misma que aplico hoy pensando en infraestructura de acceso educativo a mayor escala. Un sistema de financiamiento que exige que todos los estudiantes encajen en el mismo perfil de riesgo, en el mismo ritmo de pago, en la misma trayectoria académica, está cometiendo el mismo error que un salón de clases que no contempla más que una forma de aprender.

La discapacidad me enseñó a ver el diseño, no el déficit. Cuando un niño no puede seguir una instrucción verbal larga, el problema no es el niño: es que la instrucción no está diseñada para cómo procesa la información esa persona. Cuando un estudiante no logra completar sus estudios, la pregunta correcta no es qué le faltó a él. Es qué le faltó al sistema.

Esta manera de pensar — sistémica, no individual — es la que traigo a Locus. No como metáfora, sino como disciplina de diseño real: cada programa, cada alianza educativa, cada criterio de financiamiento debería poder responder la pregunta "¿para quién no está funcionando esto, y qué tendríamos que rediseñar?"

Ese es, en el fondo, el trabajo de toda mi carrera. Solo cambió la escala.