
El acceso no termina en la matrícula.
Mariela Cañete Alavez · 24 de julio de 2026
Inscribir a un estudiante no es lo mismo que retenerlo. La deserción empieza casi siempre después del primer pago, no antes.
Cuando hablamos de acceso educativo, la conversación casi siempre se detiene en el momento de la matrícula: ¿logró inscribirse? ¿consiguió el crédito? ¿pagó la colegiatura? Ahí terminan casi todos los indicadores de "éxito" — y ahí empieza, en realidad, la parte más difícil.
En Domus vi esto durante catorce años: familias que lograban, con enorme esfuerzo, conseguir un lugar en una institución educativa para su hijo, y meses después regresaban agotadas porque el sistema no tenía forma de sostenerlo una vez adentro. El acceso financiero había funcionado. El acceso pedagógico, no.
Retener a un estudiante requiere algo distinto a inscribirlo: requiere que el programa esté diseñado para adaptarse a cómo aprende esa persona específica, no al revés. Requiere seguimiento, ajuste, evidencia de qué está funcionando y qué no.
Esto no es un detalle operativo. Es la diferencia entre un sistema que cuenta matrículas y uno que cuenta trayectorias completas. Y solo el segundo mueve la aguja en movilidad social real.
Por eso, cuando hablo de acceso, insisto en que la conversación no puede terminar en el pago. Tiene que extenderse hasta la graduación — y eso exige diseño pedagógico, no solo financiero.